El niño lloró desconsoladamente para que regresara su madre. Ésta no vino nunca, al menos en el momento para calmarle el llanto. El pequeño desbordaba litros de lágrimas, se sumergía en ese mar que lo entumecía. Ya después se convenció que su madre era una bella sirena que podía convertirse en un monstruo marino que lo podía desgarrar cuantas veces quisiera.

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