El pequeño hombre se puso los andamios y andó sin que nada le importase. Las mujeres observaban y susurraban. Los niños corrían a su alrededor, los perros movían sus colas de entusiasmo; los hombres no podían verlo desde sus hombros. La ligereza de sus expresiones lo hizo ser perdonado, perdonarse para seguir avanzando.

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